El niño como moneda de cambio

A pesar de ser un título deshumanizado, he de decir que, como profesional de la psicología, a día de hoy me sigo encontrando casos como éste.

Desde mi punto de vista, cuando un niño llega a una familia, todos y cada uno de ellos tenemos algo que aprender de él. Creo que, entre otras muchas cosas, llega para enseñarnos algo.

Son muchos los casos que me encuentro de parejas con dificultades, separadas o familias en conflicto que toman al niño como un objeto, como forma de conseguir aquello que quieren, y es de las cosas más dolorosas y dañinas a las que me enfrento en mi día a día.

Sabemos las emociones que mueve en los familiares un niño desde que nace, y de ello nos valemos, sabemos que tocamos ciertas fibras si apuntamos a esa diana… y creemos que llevándonos al niño a nuestro terreno u olvidándonos del niño para centrarnos en nuestro «cabreo» todo será más fácil… pero ¿para quién?

¿Alguna vez nos paramos a pensar en las repercusiones que tendrán nuestros actos en el niño?, ¿alguna vez nos paramos a pensar en que quizás haya otra forma de resolver los problemas desde nuestra parte adulta?

El niño siente y padece, el niño nota la energía que rodea a su familia, no nos quedemos en pensar que es muy pequeño y no se da cuenta de nada, porque nos estaríamos equivocando.

Cuando padres, madres u otros familiares se muestran alterados y fuera de control por cualquier asunto, el niño puede sentirse también alterado, tenso, culpable, triste, con ganas de llorar, y esto podría llevarle a tener problemas físicos, como dolores de cabeza, dificultad con el sueño o desgana por hacer cosas, incluso de jugar.

Por supuesto, esto no quiere decir que las familias no deban discutir, ya que no existen las familias perfectas; incluso en la familia más feliz pueden surgir problemas y discusiones. Sin embargo, como todo, debemos mantener un límite, evitar que las discusiones lleguen demasiado lejos, sobre todo si el pequeño está delante o va a tener que soportar las consecuencias.

Papás y mamás que batallan, familias que dejan de visitar al niño por problemas ajenos a él, abogados que piden al alza para perjudicar al otro… en definitiva, adultos que ponen el ego y el orgullo por encima de un SER que, sin haberlo querido, se ha visto envuelto en un mar de puñales.

Como psicóloga, como defensora absoluta de las emociones de los niños y como adulta que, no hace mucho fue una niña… me gustaría pedir a todos los padres y las madres, a todas las familias que tengan niños cerca, a todos los educadores, incluso a mí misma… que tengamos siempre en cuenta lo que puede sentir el niño, no sólo HOY, sino también MAÑANA, que tengamos en cuenta que el niño seguirá creciendo, pero que hay daños que son difíciles de reparar y momentos imposibles de recuperar.

Es complicado ser padres, madres, abuelos… pero es sencillo VER AL NIÑO COMO UNA PERSONA que siente… y quizás desde esa HUMILDAD aprendamos mucho de él, como por ejemplo a solucionar nuestras dificultades y nuestros problemas como adultos y no como niños.

Evelyn Morales